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16 diciembre 2014

COP 20. NO HAY NADA QUE CELEBRAR

Luego de dos semanas de negociaciones la COP20 realizada en Lima sobre el cambio climático no logró el objetivo propuesto de concluir un documento borrador para ser aprobado en la COP21 de Paris el 2015. La declaración final presentada por la presidencia peruana ha permitido, efectivamente, evitar un fracaso como el ocurrido en la COP15 de Copenhague, pero esta declaración de compromisos vagos que a gusto de todas las partes, no debe de ninguna manera ser presentada como un resultado exitoso. Como ha advertido el panel de científicos del Grupo de Expertos Intergubernamentales sobre la Evolución del Clima, GIEC, seguimos caminando al borde del abismo con el posible escenario de alcanzar temperaturas promedio globales por encima de los 2ºC de aumento, lo que traería consecuencias catastróficas e irreversibles para todas las formas de vida en nuestro planeta.
No hay pues tiempo para triunfalismos chauvinistas, porque el camino que nos queda por recorrer de aquí en adelante hacia la COP21 de Paris, está sembrado de grandes dificultades e interrogantes que la reunión de Lima no ha permitido despejar. Las diferencias subsisten entre los países desarrollados y los países emergentes y en desarrollo, sobre cómo establecer los compromisos nacionales de mitigación, adaptación y las responsabilidades financieras con los países pobres más afectados, manteniendo el principio del Protocolo de Kioto de responsabilidades comunes pero diferenciadas entre los países.  

El Perú tiene la enorme responsabilidad de presidir estas negociaciones que se llevarán a cabo a lo largo del próximo año, y lo que debemos preguntarnos es cómo reforzar la autoridad de nuestro país como un facilitador serio, constructivo y responsable de este complejo y difícil proceso de negociaciones, para que la COP21 de Paris pueda finalmente aprobar un nuevo Protocolo vinculante para reducir lo más rápidamente posible, las emisiones de gases con efecto invernadero.

Y es ahí donde nos asalta la duda, y donde no vemos muchas razones para el optimismo sobre la capacidad facilitadora de la presidencia peruana. En los temas de la agenda interna sobre nuestras responsabilidades ante el cambio climático, hemos podido constatar que un sector del empresariado nacional sigue en una posición negacionista del problema. No solo lanzó una maliciosa campaña en contra del Ministro del Medio Ambiente en días previos a la inauguración de la COP20, sino que además obtuvo del gobierno, dentro del paquete de medidas reactivadoras, un desmontaje de las tímidas salvaguardas ambientales que existían en nuestro país. Por estas incongruencias la organización Climate Action Network (CAN) premió a nuestro país con el “Fósil del día” durante la Cumbre.

Mientras subsista esta política depredadora frente al medio ambiente, mientras no exista un plan nacional de mitigación y adaptación con objetivos ambiciosos verificables que incluyan a nuestras comunidades nativas y al resto de la sociedad civil, las inconsecuencias de nuestro país seguirán siendo un obstáculo para que podamos cumplir el rol de un facilitador creíble en las negociaciones hacia la COP Paris 2015.  

A este comportamiento contradictorio en nuestras responsabilidades nacionales, se suma el pésimo manejo de la agenda externa. En los debates de la COP20 de Lima quedó evidenciado que el Perú no tiene definido en que espacio negociador posicionarse, siendo miembro al mismo tiempo del G77 + China y el  AILAC creado en Durban. Se anunció previamente  a la COP20 de Lima, que saldría una declaración conjunta de los países latinoamericanos en apoyo a la presidencia peruana, y apareció sorpresivamente la Alianza del Pacífico, un grupo que no juega ningún rol en las negociaciones sobre cambio climático, evidenciando que la agenda comercial de los TLCs prima sobre una estrategia propia para tratar la agenda medioambiental a nivel internacional. La Alianza del Pacífico hizo el ridículo, no sólo al proponer separadamente colaboraciones al Fondo Verde, cuando había en curso la posibilidad de una posición común de todos los países de la región, sino que además Chile se alineó en las negociaciones finales con el grupo LMDC (LikeMindedGroup of DevelopingCountries) junto con Argentina, Ecuador y Venezuela.

El Perú tiene que definir un posicionamiento claro junto a los países de la región y demás países en desarrollo que buscan acuerdos ambiciosos  y vinculantes en Paris 2015.   Si queremos evitar los escenarios catastróficos que nos anuncia el grupo de científicos del GIEC debemos trabajar en varios frentes desde la sociedad civil para exigirle al gobierno peruano más coherencia y responsabilidad en el manejo de la agenda medio ambiental interna y externa. De lo contrario la presidencia peruana en este proceso de negociaciones seguirá marcada por sus contradicciones e incoherencias y no nos garantiza que alcancemos un nuevo Protocolo vinculante en la COP21 de Paris.
Por José F. Cornejo
Otra Mirada

24 febrero 2014

LAS 3 VERDADES DEL CAMBIO CLIMÁTICO QUE YA DEBERÍAS CONOCER

Foto editada. Foto original: Attribution Attribution by angelo
El cambio climático es algo que nos va a impactar a todos de alguna forma u otra. Es más, este problema ambiental es acumulativo por naturaleza, lo que significa que aunque reduzcamos todas las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) hoy, todavía seguiremos sintiendo los efectos negativos de estas sustancias por mucho tiempo.

¿Pero cuáles son las verdades sobre el cambio climático que más nos van a afectar a los humanos y que deberías conocer?

1. Un mundo mucho más cálido
Si no actuamos ahora, la temperatura del planeta podría aumentar en promedio 4 ó 5 grados centígrados en 2100 y mucho más después. Es más: las temperaturas terrestres en los continentes podrían llegar a aumentar hasta 10 grados centígrados en algunas zonas,  según un estudio reciente del Panel Intergubernamental del Cambio Climático – IPCC.

2. Océanos ácidos
El aumento de la temperatura no solo va a hacer aumentar el nivel del mar; también hará que los océanos sean cada vez más ácidos, ya que aproximadamente el 25% de los gases de efecto invernadero que hemos emitido ya han sido absorbidos por los océanos, lo que resultará en impactos más severos en el coral marino y otros ecosistemas. La acidificación de los océanos es un problema porque reduce la concentración de carbonato de calcio, un alimento esencial de corales, crustáceos, moluscos y otras especies marinas.

3. Un clima peligroso
Se estima que sin acciones de mitigación extremas hoy, los eventos climáticos extremos como los huracanes, tormentas tropicales se incrementarán en los próximos años. Algunos como los huracanes y tormentas tropicales aumentarán en intensidad. Los eventos de precipitación extremos se incrementarán en un 20%.  Estos eventos climáticos los estamos sintiendo ya en la actualidad en varias zonas de América Latina y el Caribe: sólo en 2013, los huracanes Manuel e Ingrid provocaron desastres en ambas costas de México con unos costos estimados en varios miles de millones de dólares.

Sabemos las consecuencias pero, ¿ya se ha hecho algo para atajar el problema? Según un estudio reciente del Banco Mundial, las acciones de mitigación comprometidas (aunque no implementadas) a la fecha en las reuniones internacionales de Copenhague y Cancún sitúan al planeta en una trayectoria de calentamiento promedio por encima de los 3 grados centígrados. Estas acciones no son suficientes: bajo este escenario no se garantizaría la supervivencia de los corales (al no revertirse la acidificación progresiva de los océanos) y, según las estimaciones del IPCC y el Banco Mundial, no se revertiría el calentamiento global.

En conclusión: ¿Por qué es tan importante actuar ahora?
Según un estudio reciente del Banco Mundial, limitar significativamente nuestras emisiones de efecto invernadero desde hoy podría, por ejemplo, incrementar significativamente las posibilidades de asegurar la supervivencia de los corales, un ecosistema de cuya importancia ya hablamos en este post.  Incluso se podría revertir la tendencia de calentamiento global en los próximos años limitándolo a 1 grado centígrado (actualmente está alrededor de 0.8 grados centígrados).

Tú podrías empezar a ayudar ahora caminando  en vez de usar auto, disminuyendo el consumo de energía en casa, entre otras medidas. Está en nuestras manos el encontrar mecanismos que nos obliguen a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero por el bien de nosotros, nuestros hijos y el planeta.
BID

02 julio 2013

LA MARCA DEPREDADORA: IMPACTOS SOCIOAMBIENTALES DE LAS MULTINACIONALES EN AMÉRICA LATINA

La idea de que la atracción y exportación de capital transnacional es la principal fuente de crecimiento económico, progreso y “desarrollo” se ha consolidado, como si de un axioma irrefutable se tratase, en el actual orden neoliberal. Pero atraer y promover la Inversión Extranjera Directa (IED) deja, en multitud de territorios y poblaciones, una marca que poco tiene que ver con los banales (y ciertamente poco responsables) discursos del tipo “marca España”. Una de esas huellas, profunda y, en muchos casos, irremediable, es la derivada de los impactos socioambientales que provocan las grandes corporaciones. La llegada de multinacionales, especialmente a lugares donde abundan los recursos naturales, desmonta la sobre-extendida ecuación que equipara inversión extranjera y desarrollo.

Los análisis clásicos sobre el desarrollo tienden a plantearse en un nivel teórico que ignora deliberadamente la interdependencia del sistema económico con otras dimensiones de la realidad. Sin embargo, tal y como establece el marco del Desarrollo Humano Sostenible, existe una serie de variables de carácter no económico que constituyen condiciones indispensables para que los procesos de desarrollo[1] sean posibles. Una de ellas es la medioambiental.

La economía ecológica explica que economía, sociedad y naturaleza no son partes diferentes y aisladas. Al contrario: todo sistema económico es producto de un sistema social que, a su vez, vive, se organiza y extrae los recursos que necesita de un ecosistema. El ecosistema ofrece determinadas posibilidades e impone unos límites físicos al modelo de organización social y económico. Preservar el equilibrio ecológico pasa por respetar estos límites. Es decir, para ser sostenible, el sistema debe consumir energía y recursos y generar residuos en la medida en que la tierra es capaz de renovarlos y asimilarlos. Desde esta perspectiva, es evidente que el capitalismo, un sistema que para su propia supervivencia precisa mantener un consumo creciente de recursos y energía y que está orientado exclusivamente hacia la maximización del lucro individual, es medioambientalmente insostenible.

Pero más allá del planteamiento de la economía ecológica, existe un amplio consenso en torno al papel de los ecosistemas en la economía y el bienestar humano, hasta el punto de que la sostenibilidad ha sido asumida e incorporada a la agenda de la cooperación internacional. Así, los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) formulados por Naciones Unidas, a través del objetivo 7 (que pretende garantizar la sostenibilidad ambiental), incluyen metas e indicadores que ver con:

La incorporación de los principios del desarrollo sostenible en las políticas y los programas nacionales y la reducción de la pérdida de recursos del medio ambiente;

  • La pérdida de biodiversidad;
  • El acceso a agua potable y servicios básicos de saneamiento;
  • La mejora de la vida de las y los habitantes de barrios marginales.

Hoy, uno de los escenarios clave para comprender las fuertes interdependencias que vinculan el bienestar humano con el entorno es América Latina. Y es que es ésta una región estratégica a nivel global que, como subraya la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), “presta importantes servicios ecosistémicos globales”, como “la regulación de la contaminación atmosférica, la regulación de los ciclos hidrológicos y climatológicos, la regeneración de la fertilidad de los suelos, la descomposición de residuos, la absorción de contaminantes y la polinización de cultivos”[2].

ODM, transnacionales, medioambiente y desarrollo
El consenso internacional en torno a la relevancia de la preservación medioambiental, así como las denuncias de múltiples colectivos sociales, han hecho que las multinacionales dediquen muchos esfuerzos en proyectar una imagen de sostenibilidad que legitime sus acciones. De la retórica de la Responsabilidad Social Corporativa a discursos más sofisticados, apoyados en investigaciones “académicas” de numerosos think tanks[3], las multinacionales pretenden erigirse en la actualidad en “actores protagonistas” de las políticas y discursos sobre el desarrollo sostenible.

Sin embargo, las transnacionales son responsables de innumerables impactos socioambientales. Sus prácticas, según muestran multitud de investigaciones, son sistemáticas y requisito indispensable para la obtención de la máxima rentabilidad, objetivo último (en eso sí coinciden todos los análisis) de las grandes empresas.

Si tenemos en cuenta, simplemente, los limitados parámetros propuestos por el ODM 7, y analizamos la contribución de la inversión extranjera directa y las transnacionales a cada una de esas metas en América Latina, llegamos a la conclusión de que sus prácticas no contribuyen en modo alguno al desarrollo.

En este sentido y partiendo de esas metas, podríamos categorizar los impactos generados por las multinacionales. Impactos que no sólo no ayudan a alcanzar dichas metas, sino que más bien caminan en sentido contrario a las propuestas de la ONU sobre el desarrollo sostenible.

En cuanto a la meta 1 (incorporación de principios del desarrollo sostenible en políticas y programas nacionales y reducción de la pérdida de recursos del medio ambiente), las multinacionales en América Latina han fomentado el modelo extractivista imperante en la región gracias a la asimetría jurídica comercial y al poder de sus lobbies, que inhiben en muchos países la puesta en marcha de legislaciones para preservar el medioambiente.

El alza de los precios de las materias primas en los mercados internacionales en los últimos años se ha traducido en una tendencia neoextractivista de las economías de América Latina. La explotación de grandes minas de carbón, oro y otros recursos naturales para la exportación está atrayendo crecientes flujos de IED: en 2010 el 43 por ciento del total de la entrada de IED en Sudamérica estuvo destinada a la explotación de materias primas, fundamentalmente minería metálica, hidrocarburos y alimentos.

Precisamente la actividad petrolera y gasista tiene impactos particularmente graves para los ecosistemas: desplazamientos de tierra y modificación del curso de las corrientes de agua (en la fase de exploración), deforestación, destrucción del entorno (para la construcción de plantas y vías de acceso), vertidos, incineración de sustancias, fugas y derrames, emisión de gases contaminantes y lluvias ácidas, entre otros. Las corporaciones más denunciadas por sus impactos medioambientales son las dedicadas al sector minero y petrolero. El papel crucial de estos sectores en el capitalismo hace que, a pesar de estar bajo protección, muchas regiones con alto valor ecológico estén siendo explotadas y destruidas.

Por otro lado, las multinacionales no sólo contribuyen a la pérdida de biodiversidad (meta 2) sobreexplotando especies (el caso del cultivo de camarón de la empresa Pescanova en Nicaragua, por ejemplo), sino también destruyendo hábitats mediante la deforestación y sustitución de bosque por tierras de pasto y por monocultivos; contaminando; introduciendo especies foráneas (incluidas las transgénicas, paradigmático es el caso de la soja y de multinacionales como Monsanto en Argentina); y fragmentando el territorio[4].

Un ejemplo significativo de los impactos de las multinacionales sobre la biodiversidad es el del parque nacional Aguaragüe en Bolivia[5]. Más allá de tener una importancia ecológica e hidrológica vital para la región (cerca del 70 por ciento del agua para consumo humano y agricultura del Chaco boliviano proviene de este parque)[6] y de ser territorio del pueblo guaraní, concentra multitud de intereses económicos que presionan e impactan sobre la biodiversidad y las poblaciones de toda la región (multinacionales de los hidrocarburos, infraestructuras, explotación maderera, monocultivos transgénicos e hidroeléctricas operan en el parque).

El cien por cien de la superficie del parque está sujeta a las actividades y concesiones hidrocarburíferas. Está atravesado por varios gaseoductos que trasladan el gas producido por empresas como Repsol, Petrobras, Petroandina, YPFB o British Gas. Varios informes denuncian la contaminación de cuencas y suelos que afectan a la biodiversidad, cultivos y salud.

La meta 3, que pretende asegurar el acceso sostenible al agua potable y a servicios básicos de saneamiento, se ve también obstaculizada por los intereses de las transnacionales, que juegan un papel fundamental en los procesos de privatización y acaparamiento del recurso. América Latina, la región más rica del mundo en agua dulce, es clave para las empresas que pretenden hacerse con la gestión del agua y saneamiento de sus ciudades. Al mismo tiempo, la creciente actividad de las corporaciones mineras tiene serios impactos sobre los recursos hídricos, con severos efectos sobre el medio ambiente y las poblaciones.

Es el caso de la mina de oro Cerro Blanco, de la canadiense Goldcorp, situada en Guatemala y que afecta a una de las reservas naturales más importantes de El Salvador, el lago de Güija. La mesa nacional contra la minería metálica informa de que el drenaje de aguas termales en la mina está contaminando el lago con metales pesados que, a su vez, llegan a la cuenca alta del río Lempa, columna vertebral de la red hídrica salvadoreña. El acaparamiento del recurso hídrico es otro de los impactos recogidos en el informe emitido por la Procuraduría de Defensa de los Derechos Humanos del país: el procesamiento de los materiales para obtener oro y plata requiere el consumo de casi 4.000 litros de agua por cada onza de mineral extraído[7], lo que equivale a 95 veces el consumo medio diario de una persona.

¿Son las transnacionales esenciales para un desarrollo humano sostenible o más bien son protagonistas de la depredación socioambiental?


Ane Garay y Silvia M. Pérez son investigadoras del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.

Este artículo ha sido publicado en el número 56 de Pueblos – Revista de Información y Debate, abril de 2013.