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05 marzo 2014

¿DEBEMOS DE HABLAR DE JUSTICIA CLIMÁTICA?

Hasta ahora se ha dicho que el concepto de justicia es aplicable solo a los seres humanos. La cuestión es si podemos expandir la idea de la comunidad de justicia para incluir a la naturaleza no humana. Como consecuencia de la crisis global, el siglo XXI se ha caracterizado por los intentos de aplicar la ética a la economía. Si se aplica la ética al calentamiento global, las políticas de cambio climático se convierten en políticas de justicia climática. Es la justicia entre ricos y pobres, desarrollados y subdesarrollados, entre las generaciones actualmente existentes y las que vienen.
Para ser justos hay que empezar diferenciando. A diferencia de las leyes ciegas, la justicia mira bien a quién favorece. Considerar los principios de justicia conduce a una noción de responsabilidad diferenciada, aunque común, sobre las distintas conductas que repercuten en cambiar el clima.

Es importante distinguir emisiones nacionales y emisiones per cápita, países pobres y ricos, los que ya se desarrollaron y los emergentes. Ciertas naciones pueden producir un alto grado de contaminación por su cantidad de población, no porque cada poblador haga mayores emisiones. China es ahora el más grande exhalador de dióxido de carbono, con veintiuno por ciento de las emisiones mundiales, pero sus emisiones per cápita son solo una fracción de las que hacen las naciones ya industrializadas. Cada ciudadano chino es responsable de la quinta parte de las emisiones de un norteamericano.

También hay que considerar que las emisiones pueden ser exportadas. Los países ricos están exportando sus manufacturas sucias a China. ¿Es justo que China sea acusada de producir altos niveles de emisiones mientras quien ordena la fabricación es Estados Unidos? ¿Quién es responsable sino el que ha trasladado a otro país las industrias que no quiere tener en casa?

Otro asunto es la responsabilidad histórica de los países tempranamente industrializados y de los industrializados tardíamente. Los países tienen derecho al desarrollo. Las naciones ricas piden que los emergentes hagan sacrificios que ellas no hicieron en su momento ni están dispuestas a hacer.

¿Quiénes demandan y se benefician con el uso de las manufacturas chinas, indias, vietnamitas? Los ricos de las naciones pobres han desmantelado las industrias nacionales para evitar los derechos laborales y se han convertido en importadores que no pagan impuestos porque actúan en mercados abiertos. También son responsables.

¿Entre las generaciones actuales y las que vienen, qué puede significar un futuro sostenible?
Las respuestas tienen que ver con nuestra relación ética con el mundo natural y los límites que la naturaleza fija al desarrollo. La cuestión es si las estrategias políticas y los cambios institucionales pueden ser derivados directamente de los compromisos éticos. La relación entre los compromisos éticos y la política real es muy difícil. Esa relación pasa por las distintas posiciones políticas y sus modalidades democráticas o autoritarias de gestión pública.

Los debates contemporáneos están dominados por la búsqueda de compatibilidad entre el crecimiento económico y la protección ambiental para evitar la suma cero entre prosperidad y daño ambiental. Un Estado verde puede lograrlo.

En su libro The Green State: Rethinking Democracy and Sovereignty (El Estado verde: repensando la democracia y la soberanía. Cambridge, MIT Press, 2004), Robin Eckersley sostiene que el enfoque ambiental es inevitable para los estados contemporáneos tanto en sus relaciones con sus ciudadanos como con el mundo global.

¿Qué distingue al Estado verde del Estado liberal clásico? Se trata de un estado posliberal que cuestiona al capitalismo depredador y al especulativo, fijándoles reglas en defensa del medio ambiente y los seres humanos. Su estrategia empieza por el principio de que quien contamina paga y repara el daño producido. De ser soberano y egoísta el Estado pasa a ser un actor comprometido con el bienestar ambiental global y local.

*Héctor Béjar es abogado y sociólogo. Doctor en Sociología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, Perú. Premio Latinoamericano de Ensayo de la Casa de las Américas. Miembro del Consejo Mundial del Llamado Global contra la Pobreza. Profesor de Política Social en la Pontificia Universidad Católica del Perú y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Profesor de Políticas Públicas en el Centro de Altos Estudios Nacionales.
Agenda Global

14 junio 2012

MEJORAR NUESTRAS VIDAS PERO SIN DEJAR HUELLAS PARA EL MAÑANA

El mundo en desarrollo enfrenta su proceso de crecimiento en circunstancias completamente diferentes a las que experimentaron los actuales países desarrollados en su industrialización. Los países del Asia y el Pacífico, por ejemplo, tienen que hacer aquello que nunca han hecho antes: tener crecimiento sostenido, mantener a las personas fuera de la pobreza y asegurar la resilencia considerando que el calentamiento global continúa a ritmo acelerado.

En estos países vive más de la mitad de la humanidad y dos tercios de los pobres del mundo. Su éxito o fracaso en la búsqueda de un crecimiento bajo en carbono para una mejor calidad de vida tendrá repercusiones a nivel mundial. Así como los líderes políticos y empresariales necesitan prestar atención, las personas –en su calidad de votantes y consumidores- deberían hacer lo mismo.

El nuevo Informe Regional sobre Desarrollo Humano de Asia y el Pacífico “Un planeta para compartir”, argumenta que crecer primero y “limpiar” después no es una opción para los grupos vulnerables que ya están enfrentando el sufrimiento, mostrando al mundo una visión de su futuro posible –como un “canario en la mina de carbón”.

El cambio climático no es solo otra perturbación del clima –en el futuro se espera ver eventos climáticos amplificados e impredecibles. Desde las alturas de los Himalayas hasta las islas del Pacífico, las personas de esta región muy diversa ya están expuestas a un amplio espectro de condiciones climáticas: los habitantes de las montañas, las comunidades del delta, los pueblos indígenas y de tribus, los pobres viviendo en las ciudades, por ejemplo.

La pobreza, los lugares y formas de ganarse la vida sensibles al clima combinados con una baja capacidad de adaptación, hacen que las personas sean especialmente vulnerables. El calentamiento global ya está socavando los medios de subsistencia, desplazando a las personas, amenazando la seguridad alimentaria, congestionando las calles de las ciudades, contaminando el aire y el agua a través del aumento de los residuos y el manejo inadecuado de la explotación de los recursos.

Esta región está en una encrucijada –teniendo que encontrar un balance entre aumentar la prosperidad y el aumento de emisiones- considerando el hecho que el mundo se acerca a los límites de la explotación irrestricta de los recursos naturales. Se requiere crecimiento económico para mejorar las condiciones de vida, combatir el hambre, garantizar la seguridad energética y aumentar la resilencia frente a los impactos.

Un crecimiento en Asia es importante además para la economía mundial. Sin embargo, el crecimiento tal como lo conocemos también implica emisiones. Los países en desarrollo del Asia y el Pacífico presentan un contraste sorprendente: las emisiones per cápita de este grupo de países se encuentran entre las más bajas del mundo, pero su participación en las emisiones totales es de casi una tercera parte y sigue en aumento. El camino a seguir es crecer, pero de una manera diferente. No habiendo contribuido al problema del cambio climático, ¿los países en desarrollo pueden ser parte de la solución? Si son mucho menos cerrados en las formas antiguas, los países en desarrollo tienen oportunidades.

Muchos ya están enfocados en el crecimiento de calidad; intentando disminuir la intensidad de las emisiones en su crecimiento futuro, e incorporando esto en el proceso de adaptación y construcción de resilencia para el cambio climático. La búsqueda de opciones con menores emisiones debe necesariamente abordar la pobreza y el bajo consumo crónico, reducir las brechas entre ricos y pobres, re-examinar los estilos de vida, reducir y mejorar el manejo de los residuos. Trasladar las emisiones de un lugar a otro donde la gobernanza ambiental es más débil, sólo porque es más fácil, no ayudará.

La tecnología, las finanzas, un conocimiento adecuado y la cooperación transfronteriza podrían facilitar los ajustes: cambiar la forma en que las personas producen los bienes, cultivan la comida, crían a los animales y generan energía. Esto no será fácil. Hacemos un llamado para la construcción de consensos acerca de nuevas formas de pensar y cooperar. Los sistemas actuales de gobernanza mundial necesitan un replanteamiento serio –ellos deben tener en cuenta cómo abordar los fenómenos transfronterizos. “Un planeta para compartir” podría contribuir a los debates en la Conferencia Rio+20 donde los líderes del mundo, representantes del sector privado y la sociedad civil se reúnen para discutir las medidas en pro de un desarrollo sustentable para el futuro que queremos –un camino que satisfaga las actuales necesidades urgentes de desarrollo humano preservando el planeta habitable para el mañana. La meta es clara: crecer reduciendo la pobreza pero sin dejar huellas.
Blog Humanum